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Desde las entrañas

Irene Herráez.

universo #17

Algunos apuntes sobre
la escritura de Todas las vidas.

Gracias a nuestra nueva colaboración con la revista Primer Acto, ofrecemos a través de Contexto Teatral este escrito de la dramaturga Irene Herráez acerca del proceso de escritura de su texto «Todas las vidas», ganador del Premio de Teatro Calderón de la Barca 2024. A través de estas reflexiones de Irene, podemos comprobar cómo el texto nació, creció y floreció íntimamente ligado a ella y, a su vez, enmarcado dentro de un proceso muy generoso de investigación con adolescentes. Dani Ramírez, invierno de 2026.

Una telaraña de voces
red de recuerdos imaginados y
marcas en la piel y por dentro de los ojos
un mosaico vertebrado por
la reina de los pensamientos
araña
todas las vidas en un cuaderno
un libro vivo
para leer escuchar ver encarnado algún día
Vallecas y un mundo
aquí
nacido del impulso y de la generosidad
la inteligencia de ellas ellos
un cambio sostenido muda de exoesqueleto
y un gracias tan grande que no cabe en letras
 
Todas las vidas es un instituto de Vallecas. Un instituto de verja verde, porterías, pingpong y ladrillo. Mi instituto, y el de ellas y ellos, nuestro, público, de todas. Pero nuestro. Porque vivimos allí. Tantas cosas. Atravieso la puerta hacia la calle admirada, de algún modo distinta cada día. Y en realidad da igual, porque esto no va de mí, y al mismo tiempo es capital porque da a luz al texto.
 
Respetemos la cronología, al menos un poco.
 
Todas las vidas nace de un deseo: crear sobre el suicidio en la infancia y la adolescencia. Cada once minutos se mata un/a adolescente en el mundo, según datos de UNICEF. 120 chicas y chicos al día. Cada día. También en Vallecas, claro, también en este instituto, plagado de protocolos de prevención. Cerca, cerca, una misma, aquí. Muchas personas adultas pretenden proteger de los temas duros, complejos. La condescendencia y la fantasía naif son una niebla espesa en la que encontramos luces de poesía y sensibilidad honesta. Suzanne Lebeau, Maribel Carrasco, Itziar Pascual, nuestras maestras, creen en un teatro esperanzador, sí, pero que habla de los miedos reales de la vida, de enfermedad, de guerra, de muerte, de homofobia, de celos, de migración. La palabra libera y el silencio es más perturbador que cualquier texto, dice Lebeau. Dejémoslo escrito una vez más: las niñas y adolescentes no son los públicos del futuro, lo son ahora, ya, por derecho propio, y se merecen (nos merecemos todas) obras que les hablen a ellas y sobre ellas, desde la horizontalidad y lo vulnerable. De esa convicción surge este texto. Y qué transformador el camino.
 
Quiero escribir sobre suicidio y sobre vida, pero no (solo) desde la imaginación o el recuerdo del pasado (mi adolescencia), sino desde lo vivido. Por eso sigo la enseñanza de Suzanne Lebeau, guía de este proceso junto a Itziar, y planteo una serie de talleres con chavalas y chavales. Quiero empaparme de su energía, de su universo, de su estar. Los comparten conmigo con una generosidad que me emociona y me cambia como escritora y persona. Son gente tan lista, tan sensible, tan llena de matices e historias y anhelos.

Me pregunto ¿por qué no les estamos escuchando todo el tiempo? ¿Por qué les excluimos como sociedad? ¿Por qué esta percepción de las niñas y jóvenes como casi-humanas, como ‘adults-to-be’? Sin Paloma y David, las profesoras que me acompañan y ceden sus clases, Marisa, la directora que aprueba el proyecto, y ellas y ellos (sus nombres en la primera página del texto, los volcaría también aquí), su centro absoluto, esta obra no sería.
 
En los talleres, cada una muestra lo que puede y quiere. La risa aparece como forma de destensar, a veces. Algunas personas, pocas, no están dispuestas a exponerse o no saben cómo hacerlo; hablo con ellas para transmitirles seguridad y mi absoluto respeto, y les dejo libertad total para no participar si así lo desean. Este es un espacio de confianza. ¿Qué profunda realidad hay detrás de quien no quiere hablar? ¿Por qué no debate, dibuja, escribe? ¿Dolor, absoluta pasividad o desinterés, vergüenza, falta de autoestima? ¿Cómo llegar a ellas sin incomodarlas ni forzarlas? ¿Cómo reflejar sus realidades y respetar su voluntad al mismo tiempo? Al final, prácticamente todas se abren en alguna de las sesiones, y surgen perlas cargadas de sentido(s). Me hacen preguntarme: ¿cómo habría vivido yo estas actividades a su edad? Seguramente con menos madurez e inteligencia emocional que la que tienen muchas de ellas. ¿Y cómo corresponder a esta entrega? ¿Con la vivencia, con un texto, con una reivindicación? ¿Es esto una apropiación de algo que no es mío? ¿Y no lo es cualquier obra? ¿Y no lo es ninguna?
 
Escribo en las cuatro fases de la metodología de Lebeau: investigación, talleres, escritura y retroalimentación, con el cuerpo sumergido en la idea de Maribel Carrasco de crear desde la emoción y no el conflicto. De las lecturas de documentación y las sesiones en el instituto aparecen imágenes, ideas, personajes, los primeros textos, que salen de mí con una fuerza que marca toda la pieza. Es una escritura casi automática, desde las entrañas, rápida, violenta, sin puntuación, urgente, a veces desordenada, donde sale tanto. Se concretan ideas como la simbología de la araña, la fragmentación, la alternancia de tiempos (presente-pasado-¿futuro?), la enunciación diferente en adolescentes y adultas, la cronología indefinida, la pluralidad de voces. Itziar Pascual me ayuda a creer en esta apuesta (yo que era tan metódica), y me hace dos grandes preguntas: ¿cuál es la metáfora fundacional? y ¿dónde empieza y dónde termina el texto?. El objetivo es entonces encontrar el mosaico en la suma de teselas.
 
Y el texto hace clic. Poco a poco, se cierra como una esfera. Así lo siento. Se expande como tela de araña, hilo conductor. Y vuelve al instituto, en mi voz y la de mis amigas, lectura dramatizada para unas pocas alumnas que ya abrazan el verano, pero que están ahí, y que escuchan y se emocionan. Y hacen fila para que les firme esos folios impresos, versión originaria y tan preciosa de este libro precioso. Y me agradecen, y yo lloro. Y lloro escribiendo esto, deseo sonar interesante y hala, una lágrima. Y vuelve más tarde, dos años después, a otra aula, oídos nuevos, emoción nueva y cariño. Y de verdad que no caben en letras las gracias ni sus vidas, aunque lo haya intentado. No caben las sensaciones, la entrega, lo profundo de su compartir. No caben, pero las palabras vibran con ello e impulsan a vibrar. Lo hermoso del lenguaje: no refleja el mundo (no realmente), pero crea otros que pueden cambiar, aunque sea en lo mínimo, aquel del que nació.